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La raíz de la palabra Nazaret (Natzrat o Natzeret en hebreo; al-Nāṣira o al-Naseriyye en árabe) se refiere al significado de “brotar”, como observó San Jerónimo, pero también al de “estar en guardia”. La posición geográfica de la pequeña ciudad de la baja Galilea confirma su vocación en el lugar de observación. Nazaret se ubica a lo largo de la vertiente más meridional del complejo de colinas que desciende del Líbano, en posición elevada sobre la llanura delantera de Izreel, el valle mencionado más veces en la Biblia es conocido también en la pronunciación griega Esdrelón, a casi 350 metros de altitud.
Pero por siglos, Nazaret está en el corazón de los peregrinos y viajantes, la “flor de Galilea”, que protege la memoria de aquel diálogo entre el arcángel Gabriel y María. Con su “sí” la joven mujer hizo del desconocido pueblo la morada del “Verbo que se hizo Carne”, del Hijo de Dios que se hizo hombre, del fruto del seno de la Virgen que se hizo flor, así como proclamaba Bernardo di Chiaravalle en su comentario sobre el misterio de Nazaret.
Mencionada por primera vez en los evangelios sinópticos (el Evangelio de Marcos, que es el más antiguo, es situable inmediatamente antes o después del 70 d.C.), Nazaret falta en la lista de las ciudades de la tribu de Zabulón recordadas en el libro de Josué (19,10-15). El pequeño pueblo no es citado siquiera por Giuseppe Flavio, quien fue comandante de los rebeldes de Galilea durante la primera revuelta contra Roma (66-74 d.C).
Los evangelios conservan dos informaciones puntuales sobre el pueblo: Nazaret era bastante poblado para presumir de una sinagoga en la que Jesús entró un sábado (el “Sabbat” hebraico) y, abrió el pergamino del profeta Isaías, lo leyó y comentó la profecía que lo protegía (Lc 4,16-27). La otra información, de carácter topográfico, y proporcionada por el mismo paso de Lucas, que recuerda el precipicio ubicado cerca al pueblo, en el que la multitud, llena de ira, quería lanzar a Jesús al terminar su discurso mesiánico en la sinagoga (Lc 4, 28-30).
La arqueología, no obstante, ofrece otro género de testimonios. Las excavaciones han diferenciado el área ocupada por el antiguo pueblo, que la urbanización medieval y moderna ha conglobado al interior de la amplia Nazaret actual. El antiguo pueblo se extendía de norte a sur en la cima de la colina hoy ocupada por la basílica de la Anunciación, por el convento franciscano y por la iglesia de San José. Los restos arqueológicos dataron de la primera forma de frecuentación del área en la edad del Bronce Medio (2000-1550 a.C.).
Las excavaciones realizadas en el siglo pasado por padres franciscanos en el área de los santuarios, han sacado a la luz los restos de un pueblo con carácter agrícola habitado en la edad del Hierro (900-600 a.C.), que poco a poco ha ido estructurándose en simples habitaciones construidas alrededor de grutas que servían para los trabajos domésticos y para refugio de los animales. Es en este ambiente simple que José y María realizaban su vida doméstica en la que Jesús pasó su infancia.
Nazaret no se encontraba lejos de Séforis, capital administrativa y comercial de Galilea, que entre el 10 y el 20 d.C. el tetrarca Herodes Antipa hizo reconstruir. No se excluye que los nazarenos hayan contribuido a dicha reconstrucción prestándose como mano de obra.
En el siglo tres, Eusebio da Cesarea en su «Onomasticon», que consiste en una lista de nombres de lugares bíblicos, pronto traducido en latín y completado por San Jerónimo, afirma que “Nazaret” le dio el nombre de “nazorei” a los primeros cristianos, se encuentra en Galilea, a 15 km de Legio, el antiguo Megido, y cercano al Monte Tabor.
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