A la edad de 3 años María es presentada por sus padre Joaquín y Ana en el templo de Jerusalén. La Presentación de Nuestra Señora en el Templo suele confundirse a veces con la Presentación del Niño Jesús en el Templo, fiesta que se celebra el día 2 de febrero en conmemoración de un hecho ampliamente descrito en los evangelios, y que corresponde a la ley judía, que obligaba a los israelitas a ofrecer sus primogénitos a Dios.

Dice esta tradición que Joaquín y Ana, piadosos israelitas, después de varios años de matrimonio, habían llegado a una avanzada edad sin lograr descendencia.

Sobre ellos pesaba el terrible oprobio de la esterilidad, que para los israelitas era doblemente doloroso, porque significaba la exclusión de la familia de las promesas del Señor, tanto más cuanto, como en el caso de Joaquín y Ana, se trataba de personas que pertenecían a la casa de David, de la que, en su día había de nacer el Mesías.

En su angustia, Ana hizo una oración fervorosa, prometiendo al Señor ofrecerle el fruto de sus entrañas si se dignaba concederle descendencia.

El nacimiento de la Santísima Virgen fue el resultado de esta oración y esta promesa.

Joaquín y Ana, fieles a su voto, presentaron a la Niña en el templo a la edad de tres años, y allí permaneció en compañía de otras doncellas y piadosas mujeres, hasta sus desposorios con San José, dedicada a la oración y al servicio del templo.

Pese a la rápida y ferviente acogida popular de esas leyendas apócrifas sobre la Presentación de la Virgen, la correspondiente celebración litúrgica tardaría bastante en introducirse.

La tradición más antigua que se recuerda sobre la fiesta de la Presentación de María data del 21 de noviembre de 543, fecha en que se consagró la basílica de Santa María la Nueva en Jerusalén, construida por el emperador Justiniano I (r. 527-565) en el centro de la ciudad.

El festejo por la dedicación de dicha basílica se convirtió de inmediato en Jerusalén en remembranza local de la presentación de María en el templo, bajo la forma de una nueva festividad religiosa.

Conmemorada, al parecer, como devoción particular en algunos enclaves del Imperio Bizantino desde el siglo VI, esa fiesta mariana no tardaría en instituirse entre los siglos VII y VIII en la propia Iglesia de Constantinopla, cuyos calendarios litúrgicos a partir de esas centurias la incluyeron siempre en la referida fecha.

Finalmente, en 1143 el emperador Manuel I Comneno el Grande (r. 1143-1180) la convirtió en celebración oficial en todo el territorio del Imperio Bizantino.

Basándose quizá en otras leyendas orales más antiguas, los tres escritos apócrifos – el Protoevangelio de Santiago (c. siglo II), el Evangelio del Pseudo Mateo (c. siglo IV) y el Libro de la Natividad de María (c. siglo IX)– sintetizan el contenido del evento de la presentación de María en estos detalles esenciales:

A los tres años de edad María fue conducida por sus padres, Joaquín y Ana, a Jerusalén para ser consagrada al Señor y dedicada al servicio del templo, en un género de vida recoleta y devota similar al que ya cumplían otras doncellas allí recluidas.

Subiendo con rapidez por su propio pie las gradas de acceso al santuario, la Virgen niña fue recibida con toda solemnidad por el sumo sacerdote, antes de ser conducida por éste al sancta sanctorum.

En aquella intimidad sacra viviría María durante toda su infancia, en diálogo permanente con los ángeles, uno de los cuales la nutría en persona con pan celestial.

Según el evangelio apócrifo de Seudo-Mateo:

IV 1. Y nueve meses después, Ana dio a luz una niña, y llamó su nombre María.
Y, destetada que fue al tercer año, Joaquín y su esposa Ana se encaminaron juntos al templo, y ofrecieron víctimas al Señor, y confiaron a la pequeña a la congregación de vírgenes, que pasaban el día y la noche glorificando a Dios.
2. Y, cuando hubo sido depositada delante del templo del Señor, subió corriendo las quince gradas, sin mirar atrás, y sin reclamar la ayuda de sus padres, como hacen de ordinario los niños.
Y este hecho llenó a todo el mundo de sorpresa, hasta el punto de que los mismos sacerdotes del templo no pudieron contener su admiración.